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«Momento Berlín» en América latina y el Caribe. Tres transiciones democráticas en proceso.

Por Leandro Querido

El 9 de noviembre de 1989, la caída del Muro de Berlín no solo significó el colapso físico de una barrera de hormigón, sino el derrumbe simbólico del bloque soviético y el inicio de un cambio de época a nivel global. A aquel evento le siguió una ola de transiciones democráticas en Europa del Este que redefinieron el mapa político de finales del siglo XX, que más adelante el índice de Democracia de The Economist determinaría como un notorio impacto positivo dado que muchos países pasaron de regímenes autoritarios a democracias, por lo menos una veintena.

Hoy, algo más de tres décadas después, vemos que la marea roja latinoamericana se ha evaporado producto de sus deficientes gestiones que en líneas generales trajeron pobreza (a partir del desmantelamiento productivo), corrupción generalizada, además del intrínseco vínculo con la narcopolítica y gobiernos extranjeros autocráticos o iliberales que erosionó los estados de derecho y las instituciones en estos países. Al bajar el nivel del mar han quedado al desnudo los despojos de sus últimos tres referentes, Cuba (el fundador del Club), Venezuela y Nicaragua.

En la actualidad estos tres países están desmoronándose. Cuba no da para más, de hecho, ya ha caído, en estos momentos se está discutiendo en qué términos se dará la transición. Por su parte, el régimen de Venezuela solo se sostiene porque Estados Unidos así lo quiere. La gestión Trump entiende que este gobierno debe pagar sus deudas con Estados Unidos primero y a medida que este objetivo se cumpla habrá elecciones competitivas y transición democrática. El caso de Nicaragua tampoco da para más y la posición de Ortega y su esposa de eliminar las elecciones o a la oposición (algo que ya había hecho) no muestra más que sus debilidades y su estado de aislamiento y de intrascendencia internacional.

Los puntos de encuentro: desgaste, aislamiento y quiebre social

A nivel analítico, existen paralelismos innegables entre los regímenes de la Europa del Este del siglo pasado y la situación actual de La Habana, Caracas y Managua.

  • Crisis de legitimidad y colapso económico: al igual que en la Alemania Oriental, la narrativa ideológica de estos regímenes ha perdido tracción frente a la realidad cotidiana. La escasez, la inflación y la falta de oportunidades han desgastado la base de apoyo social. Hoy todas las encuestas reflejan el carácter profundamente impopular de Miguel Díaz Canel, Delcy Rodríguez y Daniel Ortega. Solo se sostienen por intermedio de la fuerza, de una fuerza que también se ha debilitado.
  • La presión del éxodo masivo: la huida de miles de ciudadanos fue la grieta definitiva que desnudó la inviabilidad del régimen comunista en Berlín. En América Latina, la migración masiva de millones de personas actúa como una válvula de escape de presión social, pero también como una denuncia internacional constante sobre la insostenibilidad del modelo. Se estima en 8 millones la diáspora de Venezuela, en Cuba solo hacia Estados Unidos en los últimos años más de 600 mil, y en Nicaragua el 10% de la población total a partir del último gobierno de Ortega.
  • Aislamiento y dependencia externa: la RDA no sobrevivió al retiro del respaldo soviético bajo las reformas de Gorbachov. Del mismo modo, la sostenibilidad financiera y diplomática de Cuba, Nicaragua y el régimen venezolano se ve severamente afectada ante coyunturas geopolíticas desfavorables o reducciones de subsidios externos. En este contexto mundial beligerante ni Rusia, ni China ni Irán pueden financiar estos tres proyectos totalitarios.

Las diferencias estructurales: militares, crimen organizado y control social.

A pesar de las similitudes visuales o retóricas, la politología contemporánea advierte que los modelos autoritarios del siglo XXI en América Latina poseen salvaguardas que la Europa del Este no llegó a desarrollar aunque es notoria la debilidad de estas redes represivas en esta parte del hemisferio.

En primer lugar, el rol de las Fuerzas Armadas. Mientras que en la RDA y otros países del bloque oriental las fuerzas de seguridad dependían de una estructura del partido que se disgregó con relativa rapidez, en Venezuela y Nicaragua la cúpula militar está orgánicamente fusionada con el aparato de poder y los sectores económicos clave. El caso GAESA en Cuba es elocuente. En estos países, los militares no son un actor institucional neutral, sino piezas fundamentales del aparato represivo del Estado y también del “negocio”.

En segundo lugar, la penetración del crimen transnacional. Los regímenes autoritarios latinoamericanos actuales han establecido complejas redes de financiamiento informal, narcotráfico y extracción de recursos que les otorgan fuentes de liquidez independientes de los circuitos financieros internacionales tradicionales. Esto reduce la efectividad del aislamiento diplomático en comparación con las sanciones aplicadas durante la Guerra Fría.

Por último, el control territorial y social descentralizado. A diferencia del control eminentemente burocrático de la Stasi, en Nicaragua y Venezuela operan esquemas de represión híbrida que combinan fuerzas estatales con grupos paramilitares o colectivos territoriales, lo que fragmenta la capacidad de protesta pacífica. En Cuba son las redes vecinales y los Comités de Defensa de la Revolución los que llevan adelante la represión descentralizada, es decir, es el propio partido Comunista, en cada distrito, el que reprime.

Conclusión: ¿un «momento Berlín» para América Latina?

La caída del Muro de Berlín demostró que incluso los sistemas en apariencia inexpugnables se desmoronan cuando pierden la capacidad de coaccionar de forma efectiva a una población hastiada. «Todo lo sólido se desvanece en el aire» decía Carlos Marx; sin embargo, la transición democrática en Cuba, Venezuela y Nicaragua difícilmente adoptará la forma de un evento fulminante, aunque, como dijimos, la transición en Cuba y Venezuela ya se encuentra en proceso. En Nicaragua comenzará en breve tras los inevitables avances en las otras dos. 

En definitiva, el cambio en la región probablemente no vendrá entonces del colapso repentino de una pared, sino de estas negociaciones complejas ya iniciadas, de fracturas internas dentro de las coaliciones de gobierno y garantías de salida para los sectores de poder en fuga. La lección fundamental de 1989 no es la velocidad con la que cayó el muro, sino que la aspiración ciudadana por la libertad es un proceso acumulativo que, tarde o temprano, encuentra la grieta por donde hacer colapsar al autoritarismo. En Cuba, Venezuela y Nicaragua ese sentimiento de libertad ya se ha hecho manifiesto en muchas ocasiones, pero la feroz respuesta represiva ha dejado miles de muertos y desaparecidos, además del éxodo mencionado. Sin embargo, sigue presente y pendiente de las negociaciones que impulsa en soledad el actual gobierno de Estados Unidos, dado que Europa ha oscilado entre la indiferencia, el «declaracionismo» o la complicidad.

América latina y el Caribe se encuentran en un escenario posible de transiciones democráticas, que de producirse prácticamente no quedaría nada por fuera de las democracias plenas o con defectos o incluso regímenes híbridos que establecen las categorías del Índice de Democracia. De ser así la nueva agenda que se instalará es la de la consolidación democrática en las democracias plenas y la de la recuperación de estándares de calidad institucional en los países que se encuentren en las categorías de democracias con defectos o regímenes híbridos, pero ya no habrá lugar para regímenes autoritarios a secas y eso sí que es una gran novedad.

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