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Las mentiras de Díaz-Canel sobre el sistema electoral cubano

Por Leandro Querido, Director Ejecutivo de Transparencia Electoral y autor del libro «Así se vota en Cuba«

En una reciente entrevista concedida al medio brasileño Folha de S.Paulo, el gobernante cubano Miguel Díaz-Canel volvió a recurrir al desgastado libreto de la propaganda oficial para defender la legitimidad de su mandato. Al intentar equiparar el sistema político de la isla con los modelos de Brasil, Francia o Estados Unidos, el mandatario pretendió vender la idea de que Cuba posee una de las democracias «más viables y justas del mundo». Nada más alejado de la realidad. Afirmar que en Cuba el poder emana de una genuina «elección popular desde la base» es una distorsión conceptual que se desploma por completo cuando se analiza rigurosamente el diseño normativo y operativo del régimen institucional de la isla. Como he expuesto en mi investigación “Así se vota en Cuba”, el entramado electoral castrista no está diseñado para que la ciudadanía elija a sus gobernantes, sino para simular un consenso que perpetúe al Partido Comunista de Cuba (PCC) en el poder.

El primer gran mito que Díaz-Canel intenta sostener es el de la nominación democrática en los barrios. El mandatario argumenta que el proceso es transparente porque los vecinos proponen directamente a sus candidatos de circunscripción. Lo que omite deliberadamente es el asfixiante entorno de control social en el que se desarrollan estas asambleas. Las postulaciones se realizan a mano alzada, bajo la estricta vigilancia de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) y los órganos de la Seguridad del Estado. En un contexto donde disentir penaliza el acceso al empleo, al estudio o a la tranquilidad familiar, el voto público anula cualquier asomo de libertad. Los pocos ciudadanos independientes que a lo largo de los años han intentado postularse han sido sistemáticamente bloqueados, hostigados o encarcelados antes de que sus nombres pudieran llegar a una boleta. Esto nos lleva a la esencia misma del fraude institucionalizado en la isla: en Cuba se permite votar, pero no se permite elegir. El ciudadano cubano asiste a las urnas despojado de opciones reales. Para las elecciones nacionales —de donde surgen los diputados que finalmente ratifican al presidente—, la Comisión de Candidaturas, un órgano completamente subordinado al partido único, preselecciona a un solo candidato para cada escaño disponible. El día de la votación, el elector no se encuentra ante una competencia de propuestas, sino ante una lista cerrada y predeterminada. Su única función es ratificar la decisión que la cúpula ya tomó de antemano. Por ello, la comparación que hace Díaz-Canel con democracias como la brasileña, la francesa o la estadounidense resulta una afrenta a la ciencia política y a la inteligencia de los ciudadanos de la región. El pilar fundamental de una democracia moderna es el pluralismo político y la integridad electoral. En Brasil, Francia y Estados Unidos compiten diversas fuerzas políticas, existen debates abiertos, se garantiza el secreto del voto y, lo más importante, el oficialismo puede perder el poder. En Cuba, la propia Constitución prohíbe explícitamente cualquier partido que no sea el comunista, ilegalizando la alternancia. Además, mientras que las democracias de la región cuentan con tribunales electorales independientes y auditorías internacionales, el sistema electoral cubano es un catálogo de abusos institucionales sin fiscalización externa, donde el árbitro es, al mismo tiempo, el jugador y el dueño del estadio. Las declaraciones de Díaz-Canel no son más que un intento desesperado por lavarle la cara a un régimen autocrático ante la opinión pública internacional. No se puede hablar de democracia allí donde no existe la libertad de asociación, donde la competencia política está prohibida por ley y donde el voto es un mecanismo de coacción y no de deliberación. Por más que intenten maquillar las cifras de participación, el modelo electoral cubano no resiste el menor análisis democrático: es un sofisticado teatro burocrático diseñado para ratificar a la elite que se impone desde 1959 hasta la fecha. En Cuba no se eligen a los representantes, estos se hacen elegir. Parece una diferencia menor, pero no lo es dado que aquí reside la diferencia entre un sistema democrático y otro que no lo es.

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