La manipulación moderna de elecciones: más allá del fraude en las urnas

Rui Santos
Cuando se discute sobre la manipulación de elecciones suele pensarse en el fraude directo: adulteración de actas o cambio (destrucción o adición) de votos. Sin embargo, la integridad electoral depende de todo el ciclo electoral, desde las reglas de competencia hasta la tabulación, las auditorías y la proclamación de los líderes electos. En las últimas décadas, actores con incentivos para conservar el poder, o en determinados casos, por incidir en elecciones de otros países, han desplegado una paleta más amplia de tácticas que no tocan necesariamente el voto individual, pero sí inclinan el terreno de juego.
Cadena de custodia del voto
Cuando pensamos en manipulación “clásica” (por ejemplo, cambiar votos o actas), suele existir un rastro verificable mediante mecanismos de cadena de custodia del voto: sellos, folios, actas de apertura y cierre, recuentos, copias para testigos, resguardo y auditorías, que permiten detectar y corregir muchas irregularidades a nivel de mesa o centro de votación. En cambio, buena parte de las manipulaciones modernas que mencionaremos aquí, operan justamente fuera de esa cadena de custodia estricta o en capas up-stream del proceso (reglas, información, financiamiento) y son mucho más difíciles de controlar automáticamente. Además, afectan en su mayoría a escala mayorista: con pocos actos coordinados pueden impactar a grandes grupos de electores o la estructura misma de la competencia.
Fraude mayorista y minorista
Se suele llamar fraude minorista (retail fraud) a las prácticas granulares que requieren una acción para cada voto o mesa (relleno de urnas, alteración de actas de mesa, coerción en el centro de votación). Por fraude mayorista (wholesale fraud) nos referimos a acciones o reglas que, con unos pocos actos centralizados, inclinan el proceso a gran escala. Ejemplos clásicos de este tipo de fraude incluyen la modificación de distritos electorales (Gerrymandering), cierres masivos de centros o migraciones involuntarias de votantes, restricciones en el registro electoral, control de medios de comunicación, control de mecanismos de financiamiento, o de plano, la publicación de resultados diferentes a los resultados arrojados por el sistema de tabulación, como el caso de los fraudes electorales de Venezuela en la elección de la ANC en 2017 y la elección presidencial de 2024.
Esta distinción ayuda a entender las vulnerabilidades y la escala de cada una, y a establecer controles proporcionales: la cadena de custodia del voto es bastante efectiva contra gran parte de las técnicas de fraude minorista, pero combatir las técnicas mayoristas en muchos casos requiere reformas legales, monitoreo sistémico, y acceso a supervisión independiente que, en casos extremos, nunca es otorgada por las autoridades.
Mecanismos de manipulación moderna
La manipulación de una elección rara vez se presenta como un truco único y espectacular. Es más bien una coreografía que se ejecuta en varias capas y momentos. Empieza cuando el poder se apropia de recursos públicos para inclinar la cancha sin tocar una sola boleta o cuando, alternativamente, actores internos o externos ajenos al estado, inyectan recursos financieros directos o a través de lobby político para inclinar la balanza de las condiciones electorales en una dirección determinada. A veces toma forma en los mapas: con el Gerrymandering y se reparten escaños como si fueran cartas marcadas, y se otorga el mismo peso a distritos electorales que no deben pesar lo mismo.
El terreno se vuelve más empinado con barreras de participación: requisitos de identificación rígidos sin alternativas razonables, purgas de padrones electorales mal calibradas o ejecutadas, menos días para el voto anticipado o por correo, centros cerrados o trasladados allí donde las colas largas desaniman al elector. A la vez, se contamina el aire con desinformación: campañas coordinadas, a veces desde otros países, que fabrican dudas, suplantan voces y desorientan justo a quienes son más vulnerables. En el terreno, la presión se siente como intimidación y acoso: a los votantes, a los testigos y veedores, y cada vez más a los propios funcionarios de organismos electorales.
Por arriba, se mueven las piezas de la captura institucional: reformas exprés, reglas hechas a medida, exclusión de candidaturas incómodas. Todo esto ocurre mientras el entorno mediático reparte cámaras y minutos con generosidad desigual.
1. Ventajismo y abuso de recursos
El ventajismo no ocurre por accidente: es el uso planificado de bienes y canales estatales para poner el aparato al servicio de una candidatura. No altera boletas, altera el contexto en el que se decide el voto: inaugurar obras o aprobar leyes importantes durante la campaña, encadenar mensajes oficiales, repartir ayudas focalizadas, ocupar espacios públicos con propaganda, o sugerir que se eliminarán programas sociales dependiendo del resultado de la elección. La cancha se inclina antes de que el primer elector marque su papeleta.
2. Financiación política y “dinero oscuro”
Aportes opacos, triangulaciones y fondos de grandes intereses, de actores extranjeros, o hasta del crimen organizado compran consultorías, lobbies, pauta publicitaria, bots en redes sociales y silencios. No es solamente cuánto se gasta, sino quién lo pone y a cambio de qué. Corregir este sesgo exige topes reales, divulgación en tiempo casi real, trazabilidad bancaria, prohibición de intermediarios pantalla y auditorías externas que crucen lo declarado con lo observado.
3. Rediseño de distritos electorales: entre la técnica y la política
Los mapas pueden decidir la elección antes que los votos. El Gerrymandering redistribuye unidades geográficas en distritos electorales de modo que una parcialidad política maximice los escaños que puede obtener en un cuerpo legislativo: se puede llegar a tener hasta un 90 % de escaños con una mayoría que no llega al 60 % de los votos. Sus efectos duran ciclos completos y son difíciles de revertir. La solución a esto debe ser técnica y política: manejar la creación de distritos electorales en cada ciclo por medio de comisiones independientes y no partidistas, con criterios medibles y lógicos. Lamentablemente, la tendencia en muchos países ha sido definir los distritos por criterios políticos, de acuerdo con las necesidades de quien ejerce el control en un momento determinado.
4. Supresión del voto y administración restrictiva
La supresión del voto no siempre es violenta: a veces solo añade fricción, y eso es suficiente. Exigir un medio de identificación que es difícil de obtener para las personas más desfavorecidas, bien sea por costo o por inconveniencia, purgas masivas en el registro electoral con algoritmos imprecisos o manipulados, pocos días y lugares para votar en los casos donde existe el voto anticipado, accesos inadecuados para personas con discapacidad, entre otros. La suma es una barrera invisible que selecciona quién sí llega a las urnas. Mientras ciertos países están buscando ampliar los canales de votación para mejorar el acceso al voto para sus ciudadanos, en otros con tendencias más autoritarias vemos como ocurre lo contrario y se restringe este acceso.
5. Cierre/traslado de centros
Mover físicamente centros de votación o cambiar electores de su centro asignado es una estrategia conocida para desmotivar electores. Se dificulta llegar a los lugares, y en casos extremos el votante ni siquiera está informado antes del día de la elección. El cierre o traslado selectivo de locales produce filas interminables justo donde el tiempo cuesta más. Es la ingeniería de la incomodidad, y el objetivo final es evitar que voten quienes las autoridades no quieren que voten.
6. Desinformación y operaciones de influencia
La desinformación moderna no intenta convencer: busca confundir y cansar. Mezcla medias verdades con falsedades plausibles, usa IA generativa para clonar voces e imágenes, y segmenta mensajes para suprimir votos específicos (horarios falsos, requisitos inventados, amedrentamiento). En tiempos modernos el retorno de inversión en este tipo de estrategias es altísimo: generar campañas falsas con Inteligencia Artificial o llenar las Redes Sociales con bots que desinforman o atacan es relativamente barato y sencillo de implementar, particularmente para actores foráneos.
7. Intimidación y acoso
La intimidación no siempre luce uniforme. Puede ir desde la pequeña escala: una camioneta con altoparlantes, cámaras apuntando a la fila de votación, o mensajes que amenazan a funcionarios y sus familias, hasta la coerción por parte de empleadores a sus empleados, mayormente cuando hablamos de instituciones del estado. En algunos casos se llega a sembrar dudas sobre el sistema de votación (máquinas o voto por correo) o sobre la garantía del secreto del voto, haciendo pensar a las víctimas de estas medidas que podrían sufrir consecuencias negativas «si no votan correctamente».
8. Entorno mediático asimétrico
Quien controla el micrófono controla el clima comunicacional. Un entorno mediático asimétrico, sea por captura estatal o concentración privada, decide qué se ve y qué se suprime. En escenarios polarizados, la difusión selectiva de noticias y amplificación de opiniones se puede usar para aumentar la radicalización de las posiciones políticas y la demonización de determinadas opciones. Esto combinado con estrategias de desinformación a través de Redes Sociales crea el caldo de cultivo perfecto para generar a priori desconfianza en el sistema electoral, en las instituciones del estado y, finalmente, en el resultado de la elección.
9. Captura institucional y exclusión de candidaturas
Es fácil para un gobierno ganar una elección si puede escoger a sus contrincantes. La captura institucional opera con reformas exprés, barreras de inscripción arbitrarias o inhabilitaciones a medida. El efecto es amputar la oferta electoral antes de que el ciudadano decida. Pero la captura institucional va más allá: involucra tomar el control de todas las ramas del poder público, de modo que, ante una arbitrariedad legal, las víctimas no tengan instituciones ante las cuales apelar estas decisiones arbitrarias.
10. La opción nuclear: inventar resultados
El último recurso electoral de las dictaduras: publicar el resultado que quiero (o necesito) sin importar lo que de verdad digan los votos. Para que esto sea exitoso se requiere control total de las instituciones y la disposición a suprimir cualquier disidencia o reclamo posterior, con violencia de ser necesario, y asumir las consecuencias internacionales.
Mirar la integridad electoral sólo en la urna es como juzgar un partido de baseball por el desempeño del séptimo inning. El riesgo de fraude en la mesa existe y no debe descuidarse, pero muchas de las estrategias que hoy deforman resultados rara vez se ejecutan frente a una urna. Operan antes, alrededor o por encima del día de la votación. Son tácticas mayoristas que, con pocos movimientos coordinados, reconfiguran el terreno de juego: redibujan mapas, cierran o trasladan centros de votación, condicionan la información, manipulan reglas de inscripción y candidaturas o secuestran instituciones.
Estas prácticas, además, son relativamente sencillas de activar para estados autoritarios que concentran recursos y control regulatorio, y también para actores estatales externos que buscan interferir o sabotear comicios mediante campañas de influencia y desinformación, dinero opaco o ciberoperaciones. Su impacto es amplio y sostenido: incluso cuando el conteo en mesa es correcto, el plano de la competencia puede haber quedado inclinado desde mucho antes. Y rara vez cuando se habla de interferencia foránea en elecciones nos referimos a la emisión o el conteo de los votos.



