Honduras 2025: lo que funcionó, lo que falló y lo que no se supo distinguir

Las elecciones de Honduras celebradas el año pasado dejaron una serie de lecciones y aprendizajes que es necesario identificar de cara a una eventual reforma electoral.
Por Jesús Delgado Valery
El proceso estuvo atravesado por múltiples desafíos, muchos de ellos políticos, pero también técnicos y logísticos. Quizá lo más destacado haya sido el fuerte retraso en la publicación de los resultados preliminares y en los escrutinios especiales, que dejó a la ciudadanía con una gran incertidumbre sobre quiénes habían resultado electos hasta casi finales de diciembre.
En estos comicios se implementaron dos tecnologías cuyo desempeño contrastó de manera marcada. Según reportes, la identificación biométrica de los electores operó con éxito en 9 de cada 10 centros de votación. El sistema de transmisión de resultados, en cambio, falló: dejó a la población hondureña sin certidumbre sobre quién sería su presidente durante semanas.
En el ámbito electoral, como también pasa en otras actividades, lo que sale bien no es memorable, porque sucedió de la manera que debía. Sin embargo, los desperfectos y contratiempos quedan en el recuerdo de los ciudadanos y condicionan la percepción que se tiene de todo el proceso electoral ¿Qué recuerda el ciudadano que se autenticó y votó sin inconvenientes: ¿ese trámite, o la larga espera frente al televisor? Muy probablemente, la espera.
En un contexto de desafección ciudadana y pérdida de confianza en las instituciones, los organismos electorales deben evitar perder su capital principal, la credibilidad. Analizar elecciones, con la complejidad que éstas tienen, como si fueran una sola unidad impide ver lo esencial: qué funcionó, qué falló y cuáles fueron las razones. Solo desde ese análisis desagregado, los entes electorales pueden extraer lecciones que sirvan para mejorar los procesos futuros.
Honduras desplegó un conjunto amplio de herramientas tecnológicas: identificación biométrica, transmisión de resultados, conectividad satelital y sistemas de trazabilidad. No se trató de una solución aislada, sino de un ecosistema completo. Sin embargo, en el análisis inmediato, la percepción de demora en la publicación de resultados terminó condicionando la evaluación del proceso en su conjunto y especialmente del componente tecnológico.
Hoy, con los informes finales de las misiones de observación electoral —incluidos los de la Unión Europea (UE) y Transparencia Electoral— ya publicados, es posible afinar el diagnóstico.
La jornada electoral, en sí misma, dejó un dato que no debería perderse: el proceso de votación funcionó. Hubo participación, organización y, según coinciden las misiones internacionales, una valoración mayoritariamente positiva del desarrollo de la jornada en los centros de votación. La ciudadanía y el Consejo Nacional Electoral (CNE) cumplieron.
Los datos son elocuentes. La Misión de Observación Electoral de la Unión Europea calificó la votación como buena o muy buena en el 97% de las mesas observadas y describió el proceso como tranquilo y ordenado. La identificación biométrica se utilizó de forma sistemática en nueve de cada diez mesas.
Tanto el informe de la UE como el de Transparencia Electoral coinciden en que los dispositivos biométricos fueron ampliamente utilizados y permitieron verificar la identidad de los votantes, incluso en un contexto marcado por limitaciones de conectividad y condiciones operativas desiguales.
Esto no implica que la jornada haya transcurrido sin problemas. Los hubo: dificultades de conectividad, fricciones operativas, desafíos en la implementación. Pero ninguno impidió que los ciudadanos votaran.
Otro de los desafíos tecnológicos que tenía la elección era la falta de conectividad regular a internet por parte del 30% de los centros de votación del país, lo que equivale a alrededor de 800.000 electores habilitados. Por su parte, otros 607 centros carecían de suministro eléctrico estable.
Para afrontar este reto, el CNE tomó una decisión correcta: contratar más de dos mil kits satelitales de órbita baja. Sin embargo, los plazos de contratación fueron ajustados, las pruebas integrales insuficientes y las redundancias inexistentes en muchos centros. De acuerdo a Transparencia Electoral, “ante la caída de un enlace, no había alternativa ágil para garantizar la transmisión de actas en tiempo. Esta combinación de factores —centros sin energía estable, enlaces satelitales sin redundancia y alta dependencia de internet para el funcionamiento simultáneo de biometría y TREP— generó, según el informe, «un riesgo sistémico que se materializó durante el proceso»”.
Sin embargo, el proceso será recordado por el mal desempeño de la transmisión de los resultados preliminares. Retrasos, interrupciones y falta de información en momentos clave generaron incertidumbre y alimentaron un clima político ya tenso. En un contexto de alta polarización y en el que se agitaba la narrativa del fraude como estrategia política, cuando los resultados no se comunican de manera oportuna, todo el sistema queda bajo sospecha.
Sin una comunicación pública clara, la percepción no distingue entre componentes. Para el ciudadano, el proceso es uno solo: no existe separación entre verificación de identidad, transmisión de resultados o gestión institucional. Por ello, para mejorar los procesos futuros, esa distinción -de parte de la autoridad electoral- es indispensable.
Este proceso deja en evidencia que los sistemas electorales modernos son cada vez más complejos, y su evaluación requiere el mismo nivel de sofisticación. Desplegar tecnologías probadas aporta conocimiento acumulado para resolver los incidentes propios de cualquier elección.
En el caso hondureño, la infraestructura —conectividad, energía, condiciones locales— sigue siendo un factor determinante, muchas veces más que la tecnología en sí. No basta con implementar una solución bien diseñada; hay que cuidar las condiciones que hacen posible su desempeño.
Si bien es cierto que ninguna elección está exenta de incidentes, es en la gestión de la crisis donde los organismos electorales pueden hacer la diferencia. En este sentido, la comunicación institucional es tan crítica como la operación técnica. En ausencia de información oficial clara y oportuna, cualquier falla —por menor que sea— puede escalar en percepción negativa.
Honduras tiene una oportunidad de hacer cambios significativos en la forma en la que hace las elecciones. Más allá de una reforma electoral profunda, aspectos técnicos y protocolos administrativos que garanticen tiempo suficiente para las contrataciones, respeto a la aprobación de los presupuestos y estándares apropiados en la evaluación y contratación de proveedores pueden hacer una gran diferencia.



