Opinión

Deliberación y demagogia en la era digital

Andrés Lugo

Tal vez una de las frases más célebres acerca de la imperfección de la democracia, pero su  superioridad sobre otros sistemas políticos, fue dicha por Winston Churchill ante la Cámara de los  Comunes en noviembre de 1947. En su discurso, Churchill reconoce que la democracia adolece de  falencias y, sin embargo, es el mejor sistema de gobierno existente. Y es que la posibilidad de que los pueblos se regulen y gobiernen conforme a las reglas establecidas por ellos mismos, ha permitido el  desarrollo de sociedades generalmente pacíficas, capaces de encontrar alternativas internas para tratar las problemáticas que los aquejan.

Ya desde los albores de la democracia, la participación del pueblo y de las masas ha sido la piedra  angular que sostiene a este sistema. No podemos olvidar que la revuelta orquestada por Clístenes de Atenas alrededor del año 508 a.C., se realizó con dudosas estratagemas que incluían los sobornos a sectores religiosos, como el Oráculo de Delfos, para que con sus vaticinios oraculares se lograra mover las conciencias del pueblo llano, y poder adelantar las codiciosas reformas que dieron lugar a la reorganización territorial de Atenas en demes, y el debilitamiento de la clase aristocrática en favor de una mayor participación popular, sentando las bases de la democracia clásica ateniense, sobre preceptos manipulados al antojo de una clase, en últimas, dominante. 

Esta hábil manipulación del pueblo por parte de sus élites dominantes daba a Platón el argumento  para criticar a la democracia, pues creía que, al otorgarse igual poder de decisión a todo el pueblo, sin  tener en consideración su nivel de conocimiento o virtudes, permitía que éste fuese víctima de una manipulación de los líderes demagogos que solo buscaban su propio beneficio, y que pudiesen llevar a la tiranía. Ante este panorama, Platón ofrecía como alternativa que fuesen los sabios quienes llevaran las riendas de los estados, pues para él, la falta de educación en una sociedad democrática impide tomar buenas decisiones, siendo entonces los sabios los más idóneos para tal fin.

Resulta contradictorio que el germen que hace vulnerable a los sistemas democráticos es el mismo  que da vida a este sistema, el poder de las masas; la cual puede ser manipulada de acuerdo a la  información que se le suministre. Un ejemplo de la historia moderna puede ser el impacto de la  propaganda del partido Nacional Socialista Alemán para la consolidación de su poder y la movilización de la población alemana durante la Segunda Guerra Mundial. En aquel entones, Joseph Goebbels, como ministro de Propaganda del Tercer Reich, desarrolló una estrategia comunicativa  altamente sofisticada que permitió la difusión de la ideología nazi, la manipulación de la opinión  pública y la justificación de las acciones del régimen. Sus métodos sentaron las bases para muchas tácticas de persuasión utilizadas en contextos políticos posteriores. Goebbels implementó un sistema propagandístico basado en la simplificación de mensajes, la repetición constante y la creación de un enemigo común que, de acuerdo con Lasswell (1927) en su teoría de la comunicación política, se constituyen en principios fundamentales de manipulación social y persuasión masiva. 

Un pilar clave de su estrategia fue el empleo de los medios de comunicación como herramientas de  control. La prensa, la radio y el cine fueron fundamentales para difundir mensajes nacionalistas y  antisemitas. El cine, en particular, jugó un papel esencial en la construcción de la imagen de Hitler  como líder supremo, reforzando la percepción de una Alemania próspera y fuerte. Conforme a lo  expuesto por Herf (2006), los discursos visuales del nazismo fueron diseñados para provocar  respuestas emocionales intensas, consolidando el apoyo popular; Goebbels entendía que para  mantener el control del régimen era necesario moldear la percepción de la guerra, lo que motivó la  promoción de imágenes de una Alemania ordenada y próspera, ocultando la represión y la violencia  sistemática contra grupos perseguidos; además, la propaganda nazi utilizó técnicas de deshumanización del enemigo, justificando las acciones militares y la política expansionista del  régimen. Otro elemento crucial fue la censura informativa, que conllevó la eliminación de cualquier  narrativa opositora, asegurando que la población solo tuviera acceso a la información alineada con  los intereses del Partido, permitiendo, de acuerdo con Kallis (2008), mantener la cohesión interna y  evitar el descontento social, incluso cuando la situación militar les fue adversa. 

El impacto de la propaganda nazi trascendió la Segunda Guerra Mundial y ha sentado precedentes en la comunicación política moderna. Sus principios han sido objeto de análisis en estudios de propaganda y manipulación mediática, demostrando el poder de la comunicación en la construcción de narrativas políticas y en la movilización de masas. Los principios propagandísticos desarrollados por Goebbels han sido adaptados a la era digital, cuyas plataformas permiten que los mensajes propagandísticos sean más efectivos y personalizados; gracias a los algoritmos de recomendación que amplifican la propaganda, fragmentan la información y crean burbujas informativas, induciendo a que el público consuma contenido alineado con sus creencias preexistentes, reforzando ideas y prejuicios (Diario Constitucional, 2022), además de una ingente dosis de difusión de fake news, de  manipulación de imágenes y segmentación de audiencias que, en el mayor de los casos generan  respuestas emocionales inmediatas, causando polarización política (Gómez, 2023).

En la era digital, la manipulación de la información se ha convertido en una herramienta clave dentro del ámbito político. La facilidad con la que los datos pueden ser difundidos y distorsionados ha generado un entorno en el que la desinformación y la posverdad influyen directamente en la  percepción pública y en los procesos democráticos. La proliferación de redes sociales y medios  digitales ha permitido que actores políticos, grupos de interés y medios de comunicación utilicen  estrategias de manipulación para moldear la opinión pública y favorecer agendas específicas. 

Uno de los mecanismos más utilizados es la desinformación, que consiste en la difusión de noticias  falsas o la omisión de hechos clave para influir en la percepción de los ciudadanos (González, M  2023). Este fenómeno se ha intensificado con el uso de algoritmos que refuerzan narrativas  específicas, creando burbujas informativas o “cámaras de eco” en las que los ciudadanos solo  consumen contenido alineado con sus creencias. Además, los líderes políticos pueden aprovechar  estos mecanismos para desacreditar adversarios o manipular elecciones mediante estrategias de  comunicación calculadas (Alvarado, 2019). 

Otro aspecto preocupante es la posverdad, en la cual las emociones y creencias personales pesan más  que los hechos verificables. En este contexto, la objetividad pierde terreno ante discursos que generan polarización diseñados para movilizar masas. La posverdad se ha convertido en una herramienta poderosa para la manipulación política, ya que permite a los actores políticos construir narrativas que  apelan a las emociones en lugar de a la evidencia objetiva. 

La manipulación de la información también se manifiesta en la forma en que los medios de  comunicación presentan los acontecimientos políticos. La selección de noticias, el encuadre de los  temas y la repetición de ciertos mensajes pueden influir en la percepción pública y en la toma de  decisiones electorales. En muchos casos, los medios de comunicación actúan como agentes de  

propaganda, promoviendo intereses específicos y contribuyendo a la polarización de la sociedad,  contribuyendo al deterioro del debate político, el cual, afectado por la polarización extrema, la  desinformación y los ataques personales, vuelca la atención del público en confrontaciones agresivas de descalificación e insultos sobre los actores políticos, y evita la discusión de las propuestas, el intercambio de ideas y la capacidad de resolución de problemáticas sociales. Las plataformas digitales han amplificado la difusión de noticias falsas y han creado espacios donde  los usuarios interactúan principalmente con contenido que refuerza sus creencias preexistentes,  generando una fragmentación del discurso público, dificultando la construcción de consensos y  promoviendo la radicalización de posturas. Así mismo, los ataques personales contra candidatos han desplazado el análisis de sus propuestas; ataques que incluso han llegado a puntos de agresión verbal y física, pretendiendo la desacreditación y desprestigio de los oponentes en lugar del sano debate de las ideas políticas. Dicha tendencia no solo afecta la percepción pública de los políticos, sino que también debilita la confianza en las instituciones democráticas y genera una percepción polarizante y agresiva de la política y la democracia (González, Browne y Scherman, 2024), debido en gran medida a la manipulación mediática de las emociones, influyendo en la percepción, el juicio y la toma de decisiones. En el ámbito político, su impacto es aún más significativo, ya que afectan la forma en que los ciudadanos procesan la información, eligen candidatos y responden a eventos sociopolíticos.

En este campo, recientes investigaciones neurocientíficas han puesto en evidencia que las decisiones humanas no son exclusivamente racionales, sino que están profundamente influenciadas por emociones como el miedo, la ira y la esperanza (Damasio, 2001). En el contexto electoral, los votantes tienden a reaccionar emocionalmente ante discursos políticos, imágenes y eventos, lo que puede modificar sus preferencias y percepciones sobre los candidatos (Crespo, Garrido y Rojo,  2022), dando cabida a fenómenos como el concepto de posverdad, desarrollado por Keyes (2004), consistente en cómo las emociones pueden prevalecer sobre los hechos objetivos en la toma de decisiones políticas; escenario en el cual los ciudadanos no necesariamente eligen con base en datos verificables, sino en narrativas que apelan a sus sentimientos y creencias preexistentes. El campo de las emociones ha sido manipulado por los líderes políticos y los medios de comunicación como herramientas estratégicas para influir en la opinión pública, empleando el miedo, la indignación y la esperanza para movilizar votantes y consolidar apoyo (Gioscia y Wences, 2017). Así, por ejemplo, el uso de campañas basadas en el miedo ha demostrado ser eficaz para generar cohesión en ciertos sectores de la población, especialmente en tiempos de crisis, en contraste a las campañas que apelan a la esperanza que suelen inspirar confianza y movilización social, como se ha observado en  elecciones recientes en América Latina (Mendieta Ramírez, 2019). 

La democracia contemporánea enfrenta un dilema importante en cuanto al uso de las plataformas  digitales, que por una parte han democratizado el acceso a la información permitiendo una mayor  participación ciudadana en la discusión pública como portavoz de todos y cada uno de los actores  políticos, lo que a su vez ha afectado la calidad del debate político, como consecuencia de la  polarización, la desinformación y la fragmentación del discurso. Surgen entonces interrogantes acerca de cómo hacer frente a los desafíos para mejorar la calidad del debate político, cómo contrarrestar la viralización de contenidos sin verificación y desinformativos, cómo hacer frente a una imagen debilitada de las instituciones democráticas y la percepción pública sobre asuntos políticos y sociales que requieren debate serio y análisis profundo, en sociedades cada vez menos democráticas, tal como puso en evidencia el Informe Sobre la Democracia (2025), el cual señala que la desinformación digital ha debilitado la democracia en más de 30 países durante la última década, y que la falta de regulación efectiva y la dificultad para distinguir entre información veraz y manipulada han generado un entorno donde la credibilidad de las fuentes es constantemente cuestionada. 

El impacto de las redes sociales en el debate político es complejo y multifacético. Las propuestas para contrarrestar las dolencias democráticas en la era digital deben venir del consenso social construido a través de medios digitales, logrando fortalecer la participación ciudadana a través de movimientos cívicos, movilización de apoyo, organización de protestas y la generación de conciencia en torno de diversas problemáticas políticas, logrando, a través de la inmediatez y el alcance de las plataformas digitales que la ciudadanía confluya e influya en la agenda política y exijan mayor transparencia gubernamental. El fomento por un pensamiento crítico y una especie de alfabetización mediática de la ciudadanía, resultan cruciales para evaluar la información de una manera objetiva, así como la debida regulación de los medios de comunicación y la transparencia en la información política que estos medios difunden, pueden contribuir en la reducción de la manipulación emocional y, de contera, fortalecer la calidad del debate democrático (Corduneanu, 2019). 

Por la misma naturaleza del ser humano, las emociones seguirán desempeñando un papel central en la política, pero su influencia puede ser gestionada mediante estrategias educativas y regulatorias que promuevan una ciudadanía informada y consciente de los mecanismos de persuasión emocional. Para mejorar la calidad del debate político, es fundamental promover la educación cívica, fortalecer el periodismo independiente y fomentar espacios de discusión donde prevalezca el respeto y el análisis  crítico. Solo así se podrá recuperar la esencia del debate público y político y garantizar una  participación ciudadana informada y constructiva. 

El legado de los principios propagandísticos que el Tercer Reich esgrimió para hacerse con el poder, cohesionar a sus huestes y atrapar a sus seguidores, han dejado una huella profunda en la influencia y el poder de la propaganda en la construcción de narrativas políticas y en la movilización de masas, basadas en el miedo, el odio, la desinformación y la segregación de las opiniones diversas. Una vez  más, todo esto solo se contrarresta con el fomento del pensamiento crítico, la alfabetización mediática y la transparencia informativa. 

En conclusión, la manipulación de la información en la política actual representa un desafío  significativo para la democracia. La desinformación, la posverdad y la influencia de los medios de  comunicación pueden distorsionar la percepción pública y afectar la toma de decisiones. Combatir  estos efectos requiere un compromiso con la veracidad, la educación mediática y la promoción de un debate informado y plural. Puede que no sea necesario que sean los sabios quienes deban dirigir un país, porque la sabiduría no es sinónimo de buena administración, y los pecados de los políticos son propios del ser humano y es posible que los sabios se conviertan en pecadores. Sin embargo, mediante la educación y el ejercicio de una sana cultura política, es posible contrarrestar los embates que afectan la democracia; si desde la época clásica de nuestra historia se ha presentado el debate de los defectos del sistema democrático y éste ha perdurado hasta nuestros días, quiere decir que solo estamos viviendo un periodo de enfermedad y calamidades, y que en nuestras manos se encuentra la razón suficiente y el consenso necesario para superar las adversidades. No serán los sabios los llamados a  gobernar, sino una sociedad un poco más sabia la que se autogobierne.

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